32 relatos
Medium 9788483935316

No se acaba nunca

Javier Sáez de Ibarra Editorial Paginas de Espuma ePub

No se acaba nunca

 

El niño llevaba toda la mañana llorando. Su madre procuraba que se callase moviéndolo en la cuna; no quería cogerlo porque andaba muy atareada. Cuando el niño se dormía, volvía a sus quehaceres; pero, al poco tiempo, lloraba otra vez. Ella podía oírlo aunque estuviera en el otro extremo de la casa o en el piso de abajo, porque el llanto le llegaba a través de un aparatito que llevaba consigo.

–No sé qué demonios le pasa –se lamentó–. ¿Qué tiene este pequeñín, que no le deja hacer nada a su mamá? –Trataba de no desanimarse.

Entró en la habitación de su hijo. Había bajado la persiana, una suave luz tamizada iluminaba a medias la pared. Estaba pintada de color azul claro y colgaban máscaras, marionetas y un globo aerostático con los que el niño jugaría algún día. Cuando sintió a su madre, la criatura se puso a llorar con más fuerza.

–¡Ay! Por qué no me dejarás en paz hoy –le dijo. Lo cogió en brazos, buscó el chupete y se lo puso en la boca. Empezó a mecerlo, girando mucho la cintura y moviendo también su cuerpo de un lado a otro mientras tarareaba algo. Parecía que iba a tranquilizarse. Ella daba algunos pasitos por la habitación, marcando el ritmo.

Ver todos los capítulos
Medium 9788483935316

Manda aquí

Javier Sáez de Ibarra Editorial Paginas de Espuma ePub

Manda aquí

 

Bajo las albas estrellas impertérritas de un cielo inmediato, en incitante música alegre envuelta, no de las esferas, bajo la orden de su función doméstica como gran señora de casa impulsada, esta, también otra luminosidad por nombre Aurora Lozano, mujer esposada, las dos manos por delante de alguna pulsera adornadas, empuja, tensos los brazos, la cabeza levemente inclinada hacia el futuro, por añadir velocidad a la prisa antes en ella misma hecha de tiempo que en el horario inflexible de otros astros, el carro por el centro comercial prestado a trueque de otro disco que sin tocar se lleva y se retorna*.

Ha, en él, hebdomadarios vegetales introducido, algunas conservas de inevitable consumo cuando por el de la jornada laboral alargamiento no hayan tenido otra clase de cena más, supuestamente, sana, tiempo de preparar. Así mismo tallarines, fettuccini, espaguetis, arroz, de aceite del girasol extraído una botella, leche embalada en cartones, vino de uva tinta embotellado, de patatas fritas bolsas, para ella dietéticas galletas, corrientes para los demás miembros de su familia, a discreción copos de maíz, sumandos de chocolate y mermelada en sendos envases, un recipiente de mantequilla, hasta la media docena de cuajadas, varios yogures, pasta dentífrica en su tubo alineada, un par de guantes de látex para la señora que es ella, desodorantes de dos tipos y marcas, calidades acaso, una loción para después del afeitado: explícito encargo de su cónyuge, una maquinilla femenina, discreta, ah, y dulce de membrillo, y queso semicurado, al que añadir una bolsita de otro reducido a polvo para gratinados recomendable. Algunos artículos más de los que aquí no se hallará mención y, de mero capricho, su frasco de pepinillos, otro de banderillas y un último de quesitos en aceite que la ocasión que para la degustación reservaron les había encantado a los cuatro**.

Ver todos los capítulos
Medium 9788483935125

El enviado

Clara Obligado Editorial Paginas de Espuma ePub

El enviado

 

La lluvia es una cosa que sin duda sucede en el pasado.

Jorge Luis Borges, La lluvia

 

A mi amigo Javier lo perdí en un ascensor. De eso hace mucho tiempo y, si no fuera por las analogías que pueblan mi vida, tal vez lo hubiera olvidado. Hoy lo recuerdo porque llueve, y la lluvia es siempre remota.

Voy a comenzar a contar esta historia por el principio, por aquellas tardes en las que lo veía desde el mirador de mi apartamento jugando libre en la acera mientras su madre se ocupaba de la portería. Era como verme a mí mismo, porque le dejábamos mi ropa usada, pero en él mi ropa vieja parecía nueva.

Crecí envidiando a Javier. Desde la sobreprotección de hijo de viuda rica envidiaba su independencia sin imaginar que aquella libertad no era otra cosa que abandono. No fue hasta que cumplí los doce años que mi madre me permitió bajar a la calle y jugar con él. Antes, me apercibió:

–Cuídate, no sólo de las calles, sino también de su influencia. Viene de un mundo distinto.

Ver todos los capítulos
Medium 9788483935316

Termina primero

Javier Sáez de Ibarra Editorial Paginas de Espuma ePub

Termina primero

 

Los chicos de tercer curso de secundaria llevan veinte minutos de examen. Gonzalo Rellán, profesor de Lengua y Literatura, adivina por sus posiciones quién ha estudiado, quién lucha con su memoria, quién aguarda un descuido para copiar o quién se ha dado por vencido y sólo espera a que le dejen salir. No existen más que esas cuatro categorías de alumnos, conforme a las que suele establecer su valor.

Durante el tiempo del examen todo fluye de manera inusual y apacible. Hay silencio y los chicos trabajan cada uno en su mesa. Escriben, hacen esfuerzos por recordar, se escuchan suspiros, toses, se advierte su incansable movimiento: morderse las uñas, colocarse el pelo, abstraerse con la pulsera, una mancha en el brazo, un picor, dejar que se desmaye la cabeza sobre un brazo o estirar la espalda: un continuo y diverso lenguaje que conforma la particular atmósfera en la que él, deambulando por entre las mesas, ejerce el papel de director musical.

Cada tanto, sin embargo, se producen intervenciones. Uno se levanta, por ejemplo:

Ver todos los capítulos
Medium 9788483935316

Contarlo

Javier Sáez de Ibarra Editorial Paginas de Espuma ePub

Contarlo

 

Estaba a punto de empezar el partido cuando sonó el teléfono. Se encontraba hundido en lo más profundo del sofá, un vaso de cerveza en una mano y un manojo de cacahuetes sin pelar en la otra. El sobresalto le hizo estrujarlos, el revoltijo de cáscaras y frutos se le clavó en la piel. Con un esfuerzo de los riñones se incorporó, al tiempo que dejaba caer los cacahuetes sobre la mesa. Estiró bien el brazo, la mano izquierda, cogió el auricular.

–¿Quién?

–¡Javier!

–¿Sí?

–Tienes que venir en seguida a casa. Ha ocurrido algo espantoso.

–¿Quién es?

–Soy Nacho. Por favor, se ha...

–No conozco a ningún Nacho.

–¿No eres Javier González?

–No.

–¿No es el 9171104...?

–Equivocado.

–¡Oh, Dios mío! Disculpe.

Volvió a estirar el brazo y colgó.

Bebió un trago largo. Luego miró el estropicio de los cacahuetes, y después al televisor. Acababa de terminarse quizá la primera jugada. Se secó la boca con una mano. Apoyó la cerveza sobre la mesa, que seguramente dejaría un cerco junto al anterior y al de la lata. No hizo ademán de evitarlo. Se puso a examinar los cacahuetes deshechos, a escarbar en ellos para separar los granos de la cáscara y comérselos.

Ver todos los capítulos

Ver todos los relatos