32 relatos
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Ulises

Clara Obligado Editorial Paginas de Espuma ePub

Ulises

 

A Mariángeles Fernández

 

Cuando Giovanni –harto de pobreza y sediento de aventuras– decidió por fin abandonar el pueblo donde un sol tórrido malograba las cosechas, se acercó a su madre y le pidió la bendición. Pero la vieja, dándole la espalda y con los dedos en cruz, le espetó:

–Me dejas sola con tus cinco hermanas. Ellas no se casarán porque no tienen dote y yo, al quedarme sin descendencia, me moriré de pena, así que no esperes mi bendición. Te maldigo, Giovanni, te maldigo por el destino del que huyes y con el que nos cargas.

Y, acercándose al fogón, la vieja puso los dedos en cruz y escupió en la sopa. Luego, como si su hijo ya se hubiese marchado, siguió guisando. A la mesa, las cinco hermanas esperaban con la cuchara de palo en la mano.

Luego de patear al perro que intentaba seguirlo, Giovanni se alejó por el polvoriento camino. Durante todo el trayecto percibió, con los últimos olivos, el olor del puerro que sobrevolaba la aldea, un aroma que lo había acompañado desde la infancia, como una sombra.

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El señor Remáser

Javier Sáez de Ibarra Editorial Paginas de Espuma ePub

El señor Remáser

 

El señor Remáser había sufrido un ataque al corazón; a los primeros síntomas, avisó a la ambulancia, telefoneó a sus dos hijos (les dejó un mensaje en el contestador) y abrió la puerta de su casa para que pudieran entrar; después se tumbó en el sofá a esperarla. Lo llevaron al hospital. Tras cuarenta y ocho horas en una unidad de cuidados intensivos, se encontraba en una habitación compartida con otro hombre. Los médicos dijeron que unos días allí y podría volver a casa.

–Se ha quedado en un susto –dijo uno de los que le atendieron.

El señor Remáser miró a la enfermera que tenía a su lado. Quizás era su modo de hablar; o tal vez su rostro indicaba verdaderamente eso, que se había asustado.

 

Cristóbal, su hijo mayor, fue a visitarlo. Durante aquellos días no le habían permitido verlo más que un par de horas por la vigilancia continua. Ahora, en la planta, podía pasar más tiempo a su lado. Eran las seis. Llevaba un buen rato de pie y empezaba a cansarse. En el cuarto, había dos sillas para las visitas; echó un vistazo al otro hombre, que miraba a su pared; su padre era el más próximo a la ventana. Luego se sentó.

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Exilio

Clara Obligado Editorial Paginas de Espuma ePub

Exilio

 

... tu sitio, ya lo sabes,

partió cuando llegaste.

Luisa Futoransky.

París, desvelos y quebrantos.

A Juan Ignacio Isaguirre,

a Silvina Jensen

 

El 5 de diciembre de 1976 llegué a Madrid, procedente de Argentina. Lo hice en un avión de Iberia, que tomé en Montevideo, por el temor que me producían las constantes desapariciones en la frontera. Salí vestida de verano, como si fuera una turista que se dirige a las playas del Uruguay y, dos o tres días más tarde, subí al avión que me llevaría a España, donde era invierno. Me despidieron mi padre y mi hermana. Tardé seis años –los que duró la dictadura– en poder regresar al país.

 

El 5 de diciembre de 1976 llegué a Madrid aterida de frío. Venía del verano, la tristeza y la falta de sol fueron el primer impacto. Tenía una prima aquí, que había venido hacía unos meses con una beca. No acudió a buscarme al aeropuerto, más tarde dejó de recibirme en su casa porque me consideraba peligrosa. Yo pensé que una persona que sólo teme por sí misma aún a miles de kilómetros del peligro es alguien con quien no vale la pena mantener ninguna relación.

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Enciclopedia occidental

Javier Sáez de Ibarra Editorial Paginas de Espuma ePub

Enciclopedia occidental

 

(Cuento. Técnica mixta sobre base de hojaldre)

 

Un tresillo: sofá de tres cuerpos y dos sillones tapizados de cuero; otro, menor para la segunda sala;

Una mesa de caoba de uno setenta, ovalada, con dos lados desplegables;

Dos juegos de sillas tapizadas igualmente en cuero para las mesas del salón y del comedor;

Un juego doble de cortinas para el salón: uno, con su correspondiente soporte forjado; otro, algo más pequeño;

Visillos para ambos ambientes;

Tres estanterías, una de ellas de caoba, conforme al modelo Tudor del catálogo; las otras dos, menores; no importa tanto el material, pero madera maciza;

Un cuadro grande, una buena marina o un óleo abstracto;

Dos cuadros modernos: preferibles un Zóbel para el salón principal; Canogar para el segundo;

Un mural formado con teselas de maderas preciosas, preferentemente de estilo clásico o sobrio (¿una estampa mitológica o guerrera?);

Un revistero de hierro forjado (original);

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Con las mujeres nunca se sabe (homenaje a Raymond Carver)

Clara Obligado Editorial Paginas de Espuma ePub

Con las mujeres nunca se sabe (homenaje a Raymond Carver)

 

Myriam Rabidovich había sido desde siempre mi mejor amiga. Crecimos en Chivilcoy, cerca del viejo molino, donde hay calles de tierra, fuimos juntas a la escuela primaria, luego a la secundaria, más tarde compartimos una pieza de pensión en Buenos Aires y nos apuntamos a un curso de diseño de modas. En esa época intercambiamos vestidos y blusas, pantalones ajustados y hombres a los que besamos y que nos querían manosear. También aprendimos a caminar como modelos.

En el verano anterior al fin de los estudios juntamos todo nuestro dinero y nos fuimos de vacaciones. Al regresar a clase hicimos el proyecto de vivir juntas y de poner un negocio donde venderíamos nuestras propias creaciones. Pero ese mis­mo semestre Myriam decidió abandonar los estudios para casarse.

Por supuesto que asistí a su casamiento, que se celebraría poco antes de Navidad. Yo estaba en Buenos Aires estudiando, y ella había regresado a Chivilcoy, así que viajé unos días antes porque Myriam estaría sola y quería ayudarla con el vestido. Beto era viajante, ofrecía detergentes y esas cosas de las tintorerías, para ello tenía que recorrer el país de una punta a la otra. Viajaba en micro, porque para entonces todavía no habían podido comprarse un auto de segunda mano, pero decía que no le importaba.

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