32 relatos
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Los pecados de la carne

Clara Obligado Editorial Paginas de Espuma ePub

Los pecados de la carne

 

Para Andrés Neuman

y Miguel Ángel Arcas,

por nuestras citas en Granada

 

La señora Matilda, viuda de González, pidió la vez. Esperaba, con las manos en las caderas todavía firmes, mientras miraba a través del escaparate los dedos del charcutero que cogían unas salchichas; las vio bambolearse en el aire (su promesa apetitosa y rosada) y desaparecer luego sobre el mostrador, entre sábanas de papel (tus caderas como ancas de yegua, hubiera dicho su Eulogio); vio entonces cómo la mano, (masculina, experimentada) iba acercándose al lomo embuchado (tan caro y tan sabroso, a la señora Matilda se le encendía el deseo) al lomo embuchado que, firme y recio (qué ganas de tentarlo) se elevaba también, mostrando su mutilación sin sangre y luego la mano, sumida otra vez tras el cristal, sostenía un cuchillo y se unía a la otra mano (a la señora Matilda le brillaban los ojos) otra mano de dedos seguros, con la que el charcutero (se le hacía agua la boca) sopesaba un fuet fino y amoratado, de piel tensa, ligero, casi inofensivo, virgen, pero tan tieso (justo como a mí me gusta) y luego el fuet volvía, circuncidado, al escaparate, y la señora Matilda pensaba, con ansia y con miedo (subía y bajaba su pecho en rápido vaivén), que le tocaría el turno y habría que elegir (ella nunca había elegido, un novio, un marido, total todos son iguales) seleccionar entre tantísimas posibilidades: la mor­cilla esponjosa, pletórica, vehemente, que dibujaba en la columna de su cuerpo estremecido la sangre y la salud, o el chorizo de Salamanca, fresco y oloroso, o el morcón (sólo se vive una vez), prohibitivo pero prieto, grueso y pequeño (así da más gusto) o la estilizada longaniza, y el jadeo de la señora Matilda (los calores de la edad), el ansia, los rubores (cuántas oportunidades, qué dilema), el brillo en los ojos, las mejillas remozadas, el repentino sudor, las manos del charcutero alzando ahora una ristra de chorizos rojos y la señora Matilda atónita ante la desmesura, viéndolos pendular, temiendo el cu­chillo, incapaz de elegir (salamis, culares, lomos de Sajonia) fuera de sí, abandonando la fila (butifarras, sobrasadas) mientras dice me voy, le dejo la vez, me marcho (jabuguitos) a casa, a la cama, allí donde las sábanas sabrían acoger su languidez, sus recuerdos, sus ancas desbordadas por la orgía.

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Medium 9788483935316

Enciclopedia occidental

Javier Sáez de Ibarra Editorial Paginas de Espuma ePub

Enciclopedia occidental

 

(Cuento. Técnica mixta sobre base de hojaldre)

 

Un tresillo: sofá de tres cuerpos y dos sillones tapizados de cuero; otro, menor para la segunda sala;

Una mesa de caoba de uno setenta, ovalada, con dos lados desplegables;

Dos juegos de sillas tapizadas igualmente en cuero para las mesas del salón y del comedor;

Un juego doble de cortinas para el salón: uno, con su correspondiente soporte forjado; otro, algo más pequeño;

Visillos para ambos ambientes;

Tres estanterías, una de ellas de caoba, conforme al modelo Tudor del catálogo; las otras dos, menores; no importa tanto el material, pero madera maciza;

Un cuadro grande, una buena marina o un óleo abstracto;

Dos cuadros modernos: preferibles un Zóbel para el salón principal; Canogar para el segundo;

Un mural formado con teselas de maderas preciosas, preferentemente de estilo clásico o sobrio (¿una estampa mitológica o guerrera?);

Un revistero de hierro forjado (original);

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Medium 9788483935316

La inocencia

Javier Sáez de Ibarra Editorial Paginas de Espuma ePub

La inocencia

 

Loren estaba de pie en el sofá con el jarrón de Cnossos entre las manos.

–¡No lo hagas! –gritó Elena.

–¿Por qué?

–¿Pero cómo se te ocurre? –volvió a gritar.

–Te encanta este jarrón y a mí también. Nos trae muy buenos recuerdos, de la luna de miel... Ha sido la época más feliz de mi vida, te lo juro.

–¡Estás loco! –le dijo. Pero no se acercaba a impedírselo.

–Romperlo no quiere decir que vaya a acabar nuestra historia.

Elena se dejó caer en el sillón. Escondió su rostro en las manos; agachó la cabeza, todo el cabello se le volcó sobre él.

–Haz lo que te dé la gana –se rindió–. Sé que quieres vengarte de mí.

–¡No, Elena! Después de que se rompa, voy a pegar el jarrón trozo a trozo. Para recomponerlo de nuevo. Será el mismo, ¿entiendes?, no se habrá perdido nada.

–Te lo cargas sólo por diversión. ¡Quieres hacerme sufrir! –protestó ella.

–No me escuchas y pretendes que arreglemos nuestros problemas –le contestó él con una leve inflexión de pregunta.

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Medium 9788483935316

Termina primero

Javier Sáez de Ibarra Editorial Paginas de Espuma ePub

Termina primero

 

Los chicos de tercer curso de secundaria llevan veinte minutos de examen. Gonzalo Rellán, profesor de Lengua y Literatura, adivina por sus posiciones quién ha estudiado, quién lucha con su memoria, quién aguarda un descuido para copiar o quién se ha dado por vencido y sólo espera a que le dejen salir. No existen más que esas cuatro categorías de alumnos, conforme a las que suele establecer su valor.

Durante el tiempo del examen todo fluye de manera inusual y apacible. Hay silencio y los chicos trabajan cada uno en su mesa. Escriben, hacen esfuerzos por recordar, se escuchan suspiros, toses, se advierte su incansable movimiento: morderse las uñas, colocarse el pelo, abstraerse con la pulsera, una mancha en el brazo, un picor, dejar que se desmaye la cabeza sobre un brazo o estirar la espalda: un continuo y diverso lenguaje que conforma la particular atmósfera en la que él, deambulando por entre las mesas, ejerce el papel de director musical.

Cada tanto, sin embargo, se producen intervenciones. Uno se levanta, por ejemplo:

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La reina

Javier Sáez de Ibarra Editorial Paginas de Espuma ePub

La reina

 

Vi a mi padre agachado entre los arbustos, así que giré en la rotonda y busqué un lugar donde dejar el coche. La cosa me llevó casi diez minutos. Cerré y me puse a caminar aprisa por el laberinto de calles de aquel barrio.

No me gustaba que siguiera trabajando. Antes, las pensiones daban para vivir; ahora no, y el Estado ofrece emplearse unas horas para completar los ingresos de la jubilación. Tampoco tenía nada mejor que hacer desde que se divorció de mi madre; y de eso hacía ya bastante; de modo que con esa ocupación llenaba su tiempo: medio día como jardinero público y, para las tardes, el ajedrez.

Él y yo jugábamos a distancia. Nos mandábamos las jugadas por correo electrónico. Mi padre era puntualísimo en enviar las suyas; yo, en cambio, dejaba pasar dos y hasta tres semanas sin hacerlo. Él solía esperarme estoicamente; si mi tardanza era excesiva, me dirigía mensajes del tipo: «No sé qué estás esperando» o «Si quieres muevo por ti», dependiendo del tiempo transcurrido. Desde que recuerdo, le había ganado sólo una o dos partidas, al principio; luego él vencía invariablemente. Me daba mate casi por sorpresa o yo abandonaba cuando la situación se volvía insostenible. En aquellos momentos, su posición tan ventajosa no me dejaba escapatoria; pero por unas cosas u otras no me había rendido, jugaba por inercia.

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