32 relatos
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La sirena

Clara Obligado Editorial Paginas de Espuma ePub

La sirena

 

A Leticia Rossón Massa

 

El pescadero exhibía una sirena dentro de una pecera. Ella, ajena al tumulto, masticaba con sus dientecillos afilados peces de plata que el hombre lanzaba de tanto en tanto al tiempo que gritaba: ¡compren, compren una sirena, la única en el mercado!

–¿No le da vergüenza? –dijo una mujer–. ¡Vender a esa pobre chica!

–¿A cuánto el kilo, jefe?

–Se la pongo más barata que las sardinas...

–¡Mamá, mamá, cómprame ese pez!

Con displicente impudicia, la sirena exhibía su torso de diosa mientras abría las valvas de un marisco palpitante: brillaba la cola de plata donde un rebullir de escamas se entretejía con algas.

–¿Y por qué la vende?

–¿Muerde, mamá?

–Estoy cansado de ella: no hace más que comer, bañarse y dormir. Además, no habla. Y por las noches...

La sirena lanzó una mirada de indiferencia. No parecía tener más de quince años.

–Pues quiero la mitad: la de arriba.

–El kilo de mujer es más caro. Mire, mire qué cuerpo, qué cara. El pescadero afilaba su cuchilla.

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El enviado

Clara Obligado Editorial Paginas de Espuma ePub

El enviado

 

La lluvia es una cosa que sin duda sucede en el pasado.

Jorge Luis Borges, La lluvia

 

A mi amigo Javier lo perdí en un ascensor. De eso hace mucho tiempo y, si no fuera por las analogías que pueblan mi vida, tal vez lo hubiera olvidado. Hoy lo recuerdo porque llueve, y la lluvia es siempre remota.

Voy a comenzar a contar esta historia por el principio, por aquellas tardes en las que lo veía desde el mirador de mi apartamento jugando libre en la acera mientras su madre se ocupaba de la portería. Era como verme a mí mismo, porque le dejábamos mi ropa usada, pero en él mi ropa vieja parecía nueva.

Crecí envidiando a Javier. Desde la sobreprotección de hijo de viuda rica envidiaba su independencia sin imaginar que aquella libertad no era otra cosa que abandono. No fue hasta que cumplí los doce años que mi madre me permitió bajar a la calle y jugar con él. Antes, me apercibió:

–Cuídate, no sólo de las calles, sino también de su influencia. Viene de un mundo distinto.

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Fuerza

Javier Sáez de Ibarra Editorial Paginas de Espuma ePub

Fuerza

 

A José Juan Piñal lo llamábamos Fuerza. Verlo hacía innecesarias las explicaciones. Sin embargo, nunca usaba su altura imponente, la descomunal envergadura de sus brazos, sus manazas de piedra. Hablaba incluso bajo, queriendo pasar desapercibido, lo que resultaba imposible. A primera vista, parecía uno de esos hombres tímidos encerrados en un físico de ogro, que lo ocupan como pidiendo perdón a los que intimidase su presencia. Resultaba una idea errónea porque Fuerza, en realidad, daba la impresión de estar siempre a punto de usar su poder; el apagado tono de su voz producía un efecto más disuasorio que si gritase. Sólo que en los diecisiete años que lo conocía, jamás lo había visto metido en una pelea, una discusión o un simple rifirrafe. Cuando la huelga de la fábrica, por ejemplo, actuó como los demás: paró su máquina, colocó carteles en las naves, participó en la marcha, habló pacíficamente con los compañeros que no se sumaron a ella, esperó los resultados de la negociación con los patrones y supo perder sin soltar su furia.

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Manda aquí

Javier Sáez de Ibarra Editorial Paginas de Espuma ePub

Manda aquí

 

Bajo las albas estrellas impertérritas de un cielo inmediato, en incitante música alegre envuelta, no de las esferas, bajo la orden de su función doméstica como gran señora de casa impulsada, esta, también otra luminosidad por nombre Aurora Lozano, mujer esposada, las dos manos por delante de alguna pulsera adornadas, empuja, tensos los brazos, la cabeza levemente inclinada hacia el futuro, por añadir velocidad a la prisa antes en ella misma hecha de tiempo que en el horario inflexible de otros astros, el carro por el centro comercial prestado a trueque de otro disco que sin tocar se lleva y se retorna*.

Ha, en él, hebdomadarios vegetales introducido, algunas conservas de inevitable consumo cuando por el de la jornada laboral alargamiento no hayan tenido otra clase de cena más, supuestamente, sana, tiempo de preparar. Así mismo tallarines, fettuccini, espaguetis, arroz, de aceite del girasol extraído una botella, leche embalada en cartones, vino de uva tinta embotellado, de patatas fritas bolsas, para ella dietéticas galletas, corrientes para los demás miembros de su familia, a discreción copos de maíz, sumandos de chocolate y mermelada en sendos envases, un recipiente de mantequilla, hasta la media docena de cuajadas, varios yogures, pasta dentífrica en su tubo alineada, un par de guantes de látex para la señora que es ella, desodorantes de dos tipos y marcas, calidades acaso, una loción para después del afeitado: explícito encargo de su cónyuge, una maquinilla femenina, discreta, ah, y dulce de membrillo, y queso semicurado, al que añadir una bolsita de otro reducido a polvo para gratinados recomendable. Algunos artículos más de los que aquí no se hallará mención y, de mero capricho, su frasco de pepinillos, otro de banderillas y un último de quesitos en aceite que la ocasión que para la degustación reservaron les había encantado a los cuatro**.

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Termina primero

Javier Sáez de Ibarra Editorial Paginas de Espuma ePub

Termina primero

 

Los chicos de tercer curso de secundaria llevan veinte minutos de examen. Gonzalo Rellán, profesor de Lengua y Literatura, adivina por sus posiciones quién ha estudiado, quién lucha con su memoria, quién aguarda un descuido para copiar o quién se ha dado por vencido y sólo espera a que le dejen salir. No existen más que esas cuatro categorías de alumnos, conforme a las que suele establecer su valor.

Durante el tiempo del examen todo fluye de manera inusual y apacible. Hay silencio y los chicos trabajan cada uno en su mesa. Escriben, hacen esfuerzos por recordar, se escuchan suspiros, toses, se advierte su incansable movimiento: morderse las uñas, colocarse el pelo, abstraerse con la pulsera, una mancha en el brazo, un picor, dejar que se desmaye la cabeza sobre un brazo o estirar la espalda: un continuo y diverso lenguaje que conforma la particular atmósfera en la que él, deambulando por entre las mesas, ejerce el papel de director musical.

Cada tanto, sin embargo, se producen intervenciones. Uno se levanta, por ejemplo:

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