32 relatos
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Manda aquí

Javier Sáez de Ibarra Editorial Paginas de Espuma ePub

Manda aquí

 

Bajo las albas estrellas impertérritas de un cielo inmediato, en incitante música alegre envuelta, no de las esferas, bajo la orden de su función doméstica como gran señora de casa impulsada, esta, también otra luminosidad por nombre Aurora Lozano, mujer esposada, las dos manos por delante de alguna pulsera adornadas, empuja, tensos los brazos, la cabeza levemente inclinada hacia el futuro, por añadir velocidad a la prisa antes en ella misma hecha de tiempo que en el horario inflexible de otros astros, el carro por el centro comercial prestado a trueque de otro disco que sin tocar se lleva y se retorna*.

Ha, en él, hebdomadarios vegetales introducido, algunas conservas de inevitable consumo cuando por el de la jornada laboral alargamiento no hayan tenido otra clase de cena más, supuestamente, sana, tiempo de preparar. Así mismo tallarines, fettuccini, espaguetis, arroz, de aceite del girasol extraído una botella, leche embalada en cartones, vino de uva tinta embotellado, de patatas fritas bolsas, para ella dietéticas galletas, corrientes para los demás miembros de su familia, a discreción copos de maíz, sumandos de chocolate y mermelada en sendos envases, un recipiente de mantequilla, hasta la media docena de cuajadas, varios yogures, pasta dentífrica en su tubo alineada, un par de guantes de látex para la señora que es ella, desodorantes de dos tipos y marcas, calidades acaso, una loción para después del afeitado: explícito encargo de su cónyuge, una maquinilla femenina, discreta, ah, y dulce de membrillo, y queso semicurado, al que añadir una bolsita de otro reducido a polvo para gratinados recomendable. Algunos artículos más de los que aquí no se hallará mención y, de mero capricho, su frasco de pepinillos, otro de banderillas y un último de quesitos en aceite que la ocasión que para la degustación reservaron les había encantado a los cuatro**.

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Termina primero

Javier Sáez de Ibarra Editorial Paginas de Espuma ePub

Termina primero

 

Los chicos de tercer curso de secundaria llevan veinte minutos de examen. Gonzalo Rellán, profesor de Lengua y Literatura, adivina por sus posiciones quién ha estudiado, quién lucha con su memoria, quién aguarda un descuido para copiar o quién se ha dado por vencido y sólo espera a que le dejen salir. No existen más que esas cuatro categorías de alumnos, conforme a las que suele establecer su valor.

Durante el tiempo del examen todo fluye de manera inusual y apacible. Hay silencio y los chicos trabajan cada uno en su mesa. Escriben, hacen esfuerzos por recordar, se escuchan suspiros, toses, se advierte su incansable movimiento: morderse las uñas, colocarse el pelo, abstraerse con la pulsera, una mancha en el brazo, un picor, dejar que se desmaye la cabeza sobre un brazo o estirar la espalda: un continuo y diverso lenguaje que conforma la particular atmósfera en la que él, deambulando por entre las mesas, ejerce el papel de director musical.

Cada tanto, sin embargo, se producen intervenciones. Uno se levanta, por ejemplo:

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Exilio

Clara Obligado Editorial Paginas de Espuma ePub

Exilio

 

... tu sitio, ya lo sabes,

partió cuando llegaste.

Luisa Futoransky.

París, desvelos y quebrantos.

A Juan Ignacio Isaguirre,

a Silvina Jensen

 

El 5 de diciembre de 1976 llegué a Madrid, procedente de Argentina. Lo hice en un avión de Iberia, que tomé en Montevideo, por el temor que me producían las constantes desapariciones en la frontera. Salí vestida de verano, como si fuera una turista que se dirige a las playas del Uruguay y, dos o tres días más tarde, subí al avión que me llevaría a España, donde era invierno. Me despidieron mi padre y mi hermana. Tardé seis años –los que duró la dictadura– en poder regresar al país.

 

El 5 de diciembre de 1976 llegué a Madrid aterida de frío. Venía del verano, la tristeza y la falta de sol fueron el primer impacto. Tenía una prima aquí, que había venido hacía unos meses con una beca. No acudió a buscarme al aeropuerto, más tarde dejó de recibirme en su casa porque me consideraba peligrosa. Yo pensé que una persona que sólo teme por sí misma aún a miles de kilómetros del peligro es alguien con quien no vale la pena mantener ninguna relación.

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El señor Remáser

Javier Sáez de Ibarra Editorial Paginas de Espuma ePub

El señor Remáser

 

El señor Remáser había sufrido un ataque al corazón; a los primeros síntomas, avisó a la ambulancia, telefoneó a sus dos hijos (les dejó un mensaje en el contestador) y abrió la puerta de su casa para que pudieran entrar; después se tumbó en el sofá a esperarla. Lo llevaron al hospital. Tras cuarenta y ocho horas en una unidad de cuidados intensivos, se encontraba en una habitación compartida con otro hombre. Los médicos dijeron que unos días allí y podría volver a casa.

–Se ha quedado en un susto –dijo uno de los que le atendieron.

El señor Remáser miró a la enfermera que tenía a su lado. Quizás era su modo de hablar; o tal vez su rostro indicaba verdaderamente eso, que se había asustado.

 

Cristóbal, su hijo mayor, fue a visitarlo. Durante aquellos días no le habían permitido verlo más que un par de horas por la vigilancia continua. Ahora, en la planta, podía pasar más tiempo a su lado. Eran las seis. Llevaba un buen rato de pie y empezaba a cansarse. En el cuarto, había dos sillas para las visitas; echó un vistazo al otro hombre, que miraba a su pared; su padre era el más próximo a la ventana. Luego se sentó.

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Paternidad

Clara Obligado Editorial Paginas de Espuma ePub

Paternidad

 

Para Carola Aikin, que sabe de monos y de dragones

 

Asomado a la cuna de su hijo, Fermín tuvo un segundo de lucidez, un chispazo que intentó abrirse camino en su abotargado tejido neuronal. Estaba así porque no había dormido casi desde que el pequeño llegara a casa y ahora, mirándolo a la luz tranquila de la mañana, le pareció que esbozaba desde su cuna una sonrisa entre satisfecha y perversa y que luego le guiñaba un ojo. Descorrió aún más las cortinas que daban al jardín de la urbanización y se volvió para observarlo: no podía ser, los recién nacidos apenas se expresan mediante reflejos condicionados, era impensable que ese gesto torticero fuese voluntario. Definitivamente, el niño no podía estar riéndose de él.

En el jardín estaba por florecer el almendro y una rama arañó el cristal; luego un rayo de sol apuntó hacia la cuna y el niño frunció la nariz. Temeroso de que se despertara, Fer­mín volvió a correr las cortinas, se sentó en su sillón de lectura sin encender la luz. Como no podía leer, pasó a observar los vagos contornos de la habitación en la penumbra. Le gustaba su casa, los libros, los cuadros, las pilas de CD, los recuerdos de los viajes que lo rodeaban con su silencio tranquilizador. Pero esta vez ni el valor narcótico de los objetos fue capaz de calmarlo y la inquietud comenzó a retorcerle el estómago.

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